La riqueza intangible y el Índice de la ‘Felicidad’

¿Se puede medir la felicidad? A bote pronto muchos diríamos que no. Como parece imposible medir la tristeza, cuyo mayor exponente son las depresiones clínicas, pero no existe un depresiómetro que se sepa. O el orgullo, la valentía o la timidez. Pero la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el llamado club de los países ricos, lleva dos años elaborando un curioso trabajo: ‘Better life index’, algo así como un índice de calidad de vida.

La semana pasada se publicaron los resultados de esta segunda edición y el país de los 34 que forman parte de la OCDE que mejores resultados arroja es Dinamarca. Algunos medios identifican este innovador índice como un medidor de la felicidad y por ello colocan a Suecia como el país más feliz del planeta.

Sin embargo, lo correcto sería hablar de bienestar y ahí sin lugar a dudas los países nórdicos se llevan la palma. No es de extrañar que entre los 10 países donde se vive mejor del mundo, según esa metodología de la OCDE, haya cuatro naciones de esa región: Dinamarca, Noruega (2º), Finlandia (7º) y Suecia (10º).

Una muestra de que bienestar no equivale necesariamente a felicidad es que Finlandia aparece como el decimotercer país con mayor tasa de suicidios del mundo (de una clasificación de 100 naciones) y es el segundo de Europa Occidental, sólo superado por Bélgica. Y el supuesto campeón de la felicidad, Dinamarca, aparece en este negro ránking suicida en el puesto 26.

Los aspectos que tiene en cuenta el indicador de la OCDE se agrupan en 11 apartados: vivienda, ingresos, trabajo, comunidad, educación, medioambiente, compromiso cívico, salud, satisfacción vital, seguridad y equilibrio entre trabajo y vida personal.

España no aparece en los 10 primeros puestos del índice, aunque la OCDE no elabora ningún tipo de ranking, simplemente muestra los resultados de cada país y permite comparaciones interactivas por parejas de naciones. El talón de Aquiles español es, cómo no, el desempleo y también la educación. La calificación más alta la obtenemos en el equilibrio entre el trabajo y la vida personal.

El informe de la OCDE resulta más que interesante y sigue el camino abierto por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz quien en 2009 fue contratado por Francia al frente de una comisión de economistas para desarrollar un indicador que fuese más allá del Producto Interior Bruto (PIB) y que incluyera otras variables que tienen que ver, más que con la generación de riqueza, precisamente con el bienestar de la población.

Un año después, en el Reino Unido, la Oficina de Estadísticas Nacionales (ONS) comenzó a gestar el Indicador del Bienestar, que popularmente se bautizó como el “Índice de Felicidad de Cameron”, por el primer ministro británico. Los primeros resultados de este termómetro social vieron la luz el año pasado y se han nutrido de estudios realizados tanto entre adultos como adolescentes británicos.

El organismo multilateral presidido por el mexicano José Ángel Gurría ha ido un poco más allá y el ‘Better life index’ pavimenta el camino para que la economía, que no hay que olvidar que es una ciencia social, se acerque más a las personas.

Hay que felicitar a la OCDE y a los precursores de esta nueva metodología porque de los resultados que arrojen estos indicadores podrán llevarse a cabo diagnósticos más certeros de qué es lo que preocupa a las distintas poblaciones (de 36 países en el caso de este índice) con relación a su bienestar o… malestar. Y así los políticos (agárrenme que me mareo) podrán diseñar y aplicar estrategias para mejorar la calidad de vida de la gente.

Sin embargo me resisto a que los sentimientos humanos puedan ser colocados en gráficos y estadísticas. La felicidad es un sentimiento íntimo y no medible, por lo que los medios que igualan bienestar con felicidad pecan de simpleza. Todos conocemos a gente que no le falta de nada, sino todo lo contrario, y es tremendamente infeliz, por las causas que sean. Obviamente, a igualdad de perfil psicológico -por decirlo de alguna manera- cuanto mejor sea el trabajo, el entorno, la comunidad, etc., más feliz se es.

Pero también hay gente feliz en entornos muy complicados y nada prósperos. No se me olvida una entrevista televisa que hicieron a una famosa actriz española que es embajadora de Unicef. Recientemente había visitado un país del África subsahariana y aparecían imágenes de ella con un bebé en los brazos y en otras jugando con niños. “Fue una experiencia inolvidable”, dijo, y añadió: “Es alucinante, esa gente no tiene nada y lo tiene todo”. No tienen nada material y lo tienen todo de humanidad. Es cierto, eso también se puede observar en países en desarrollo, donde los vecinos se ayudan ante la escasez y las familias son familias y los amigos, ídem.

Lo ideal sería equilibrar el planeta con flujos materiales de los países ricos a los pobres y de humanidad de éstos al mal llamado primer mundo. Claro que habría que crear partidas arancelarias para el tráfico no material.

“No es más rico (feliz podría decirse) el que más tiene, sino el que menos necesita”, el sabio refranero dixit.